Shavarsh
Karapetyan es un armenio nacido en 1953.
Con 23
años ya había sido campeón mundial de natación 17 veces, batido 11 récords
mundiales, se había proclamado campeón de Europa 13 veces y 7 veces campeón de
la antigua URSS. Incluso fue nombrado Maestro de Honor de Deportes en la Unión
Soviética.
Con 23
años su carrera como nadador se acabó para siempre. Se jugó la vida para salvar a una treintena de personas, y las
consecuencias de aquello le dejaron incapacitado para volver a competir.
Mientras entrenaba con su hermano corriendo alrededor del lago
Yereban, en Armenia, un trolebús perdió el control cuando su conductor sufrió
un infarto, y cayó al agua con 92 personas dentro. A causa del impacto, muchas
de esas personas habían perdido el conocimiento, y se hundían inertes dentro
del trolebús en las heladas y contaminadas aguas del lago.
Karapetyan
se tiró al agua. Durante 20 interminables minutos realizó 10 inmersiones y
logró rescatar a 30 personas, 20 de las cuales sobrevivieron. Mientras él
sacaba gente, su hermano los iba llevando a la orilla para que fueran
atendidos. Tras la décima inmersión, Karapetyan perdió el conocimiento. Pasó 46
días en coma. El frío extremo y la contaminación dañaron sus pulmones de tal
manera que nunca más volvería a competir.
Muchas
de las personas que salieron del fondo de las aguas gracias a Karapetyan no
supieron quién había sido su salvador hasta 6 años después del accidente,
cuando un diario moscovita publicó la historia del nadador.
9 años
después de aquello, el extraño destino quiso que pasara junto a un centro
comercial incendiado, donde varias personas habían quedado atrapadas. Tampoco
se lo pensó, y entró a sacar a todas las personas que pudo. También en esta
ocasión su acto le llevó a pasar una temporada en el hospital.
Hasta
aquí, un poco de su biografía. En realidad están retratados dos momentos de
vida, uno en 1976 y otro en 1985. Dos increíbles momentos en 57 años de
existencia.
Sin embargo, para mí lo más impresionante, fueron sus palabras cuando, tiempo después del accidente del trolebús, alguien le preguntó por la parte más dura de aquello. Su respuesta fue sencilla:
Sin embargo, para mí lo más impresionante, fueron sus palabras cuando, tiempo después del accidente del trolebús, alguien le preguntó por la parte más dura de aquello. Su respuesta fue sencilla:
“Sabía
que sólo podría salvar unas pocas vidas, y tenía miedo de cometer un error.
Estaba tan oscuro allá abajo que apenas podía ver nada. En una de mis
inmersiones, accidentalmente cogí un asiento en lugar de un pasajero… Podría
haber salvado a una persona más en su lugar. Ese asiento aún me obsesiona y me
quita el sueño”.
Fuera
del lago y el incendio, su vida ha sido sencilla. Emigró a Moscú, y allí puso
una tienda de zapatos. La llamó “El segundo aliento”.
Hay una
foto de Karapetyan cubierto de medallas tras un acto de reconocimiento de la
URSS. La UNESCO también premió su heroísmo con el galardón Fair Play. En
YouTube se pueden encontrar algunos documentales armenios y rusos sobre el
accidente (sin subtítulos). Aunque el reconocimiento que más me ha gustado es
saber que, en 1986, un asteroide del cinturón principal de nuestro sistema
solar fue bautizado con su nombre.
Las
antiguas tradiciones dicen que los dioses, para honrar las hazañas de los
héroes, aquellas personas ordinarias que hacen cosas extraordinarias, les
dedicaban un lugar en el firmamento.
Los que no somos dioses, sólo podemos hacer modestas dedicatorias terrenales. Karapetyan ya tiene la suya en nuestro reducido micromundo.
Los que no somos dioses, sólo podemos hacer modestas dedicatorias terrenales. Karapetyan ya tiene la suya en nuestro reducido micromundo.
